
El viento recorría distintos lugares haciendo lo único que creía saber hacer:
soplar.
A su paso levantaba hojas, pequeñas cosas e innumerables semillas. Las llevaba consigo durante un tiempo, las dejaba caer aquí y allá y continuaba su camino.
Nunca esperaba nada de ellas.
Ni siquiera sabía qué ocurría después.
Algunas caían sobre piedra.
Otras se las llevaba el agua.
Algunas encontraban tierra fértil y comenzaban a germinar.
Pero el viento nunca lo veía.
Cuando aparecía el primer brote, él ya estaba lejos, soplando en otro lugar.

Pasaron las estaciones.
El viento seguía levantando semillas y dejándolas caer. Una y otra vez.
Y comenzó a preguntarse para qué servía todo aquello.
Él soplaba.
Eso era todo.
No veía crecer nada.
No sabía que algo quedaba detrás de su paso.
Y poco a poco empezó a pensar que aquello que hacía no tenía ningún sentido.
Pero siguió soplando.
Era lo único que creía saber hacer.
Hasta que un día, mucho tiempo después, regresó por casualidad a uno de aquellos lugares.
Y encontró un bosque.
El viento se detuvo.

No podía saber si aquellos árboles habían nacido de las semillas que alguna vez llevó consigo.
Quizá algunos sí.
Quizá ninguno.
Además, muchas cosas habían ocurrido mientras él no estaba.
Los árboles habían dado frutos y nuevas semillas. Algunas habían viajado con otros vientos. Otras, con los animales. La lluvia había hecho su parte. La tierra, la suya.
Aquel bosque no era obra del viento.
No le pertenecía.
Habían hecho falta la tierra, la lluvia, los animales, otros vientos y mucho tiempo.
Pero entonces comprendió algo que nunca había sabido.
Él no solo soplaba.
Cada vez que levantaba una semilla y la llevaba hasta otro lugar, estaba haciendo su pequeña parte en algo mucho mayor que él.
No podía saber cuáles germinarían.
No podía decidir qué llegarían a ser.
Quizá nunca volvería a verlas.
Pero ya no necesitaba verlo para saber que su paso podía dejar algo detrás.
Y por primera vez, aquello que siempre había creído que era solo soplar tuvo un sentido diferente.
El viento siguió su camino y entró entre los árboles.
Ffffff…
Las hojas respondieron.
Las ramas comenzaron a balancearse. Las copas se inclinaron unas hacia otras y un sonido que nunca había escuchado apareció a su paso.
El viento siguió avanzando.
Ffffff…
Cuanto más se adentraba en el bosque, más hojas respondían.
Antes había atravesado grandes extensiones abiertas sin que nada respondiera a su paso.
Ahora, entre aquellos árboles, descubría sonidos y experiencias que nunca habría podido encontrar solo.
Por primera vez, el viento escuchó una música que él solo jamás habría podido crear.
Mientras atravesaba las últimas copas, una pequeña semilla se desprendió de una rama.
El viento la levantó.
La llevó consigo.
Y continuó su camino.
El viento dio movimiento a las semillas.
El bosque le devolvió música al viento.
