Marcos aprende a mirar

Hoy era un día muy importante para Marcos.
El día anterior, la profesora había anunciado que irían de excursión y desde
entonces no podía dejar de pensar en todo lo que encontraría allí.
A Marcos le encantaba explorar.
Aquella mañana desayunó más rápido de lo habitual, preparó su mochila y salió
rumbo al colegio con una sola pregunta dando vueltas en su cabeza:
¿Cuántos animales conseguiría ver?
Nada más llegar, la clase subió al autobús y puso rumbo al bosque.
Cuando bajaron, la profesora repartió unos prismáticos y unas pequeñas
libretas.
Marcos cogió los suyos entusiasmado.
—Antes de empezar —dijo la profesora—, tenemos que recordar algo. Estamos
entrando en la casa de muchos animales. Podemos observarlos, pero sin
perseguirlos, acercarnos demasiado ni molestarlos. Explorar también significa
aprender a respetar.
Marcos asintió y levantó sus prismáticos.
Estaba preparado.
No tardó mucho en descubrir al primero.
—¡Una ardilla!
La observó corretear entre los árboles y escribió rápidamente en su libreta:
He visto una ardilla.
Un poco más adelante descubrió dos conejos.
He visto dos conejos.
Y cerca del camino encontró dos palomas.
He visto dos palomas.
Marcos estaba encantado.

Pero siguió mirando.
Al cabo de un rato volvió a encontrar a la ardilla.
Corría de un lado a otro cuando, de repente, se quedó completamente inmóvil.
Marcos mantuvo los prismáticos frente a sus ojos.
La ardilla no se movía.
Parecía una estatua.
Pasaron unos segundos.
Y volvió a correr.
Marcos bajó los prismáticos.
¿Por qué había hecho aquello?
Volvió a abrir su libreta.
La ardilla estaba corriendo y de repente se ha quedado completamente
quieta. Después ha vuelto a moverse.
Y añadió debajo:
¿Habrá visto o escuchado algo?
Aquello era mucho más interesante que escribir solamente he visto una ardilla.
Así que siguió observando.
Cuando volvió a encontrar a los conejos, ya no se conformó con contar cuántos
había.
Uno salió corriendo detrás del otro.
Cambiaron de dirección varias veces y, de pronto, uno de ellos dio un salto y
giró el cuerpo en el aire.
Marcos sonrió.
Volvió a mirar.
Corrieron un poco más y uno de ellos dio otro salto.
Marcos abrió su libreta.
Los conejos corren, cambian de dirección y saltan.
Pensó un momento y escribió debajo:

¿Estarán jugando?
Ahora quería descubrir qué hacían las palomas.
Las encontró no muy lejos del camino.
Esta vez no apartó los prismáticos enseguida.
Una caminaba alrededor de la otra. Hinchaba el pecho, inclinaba la cabeza y
emitía un sonido suave una y otra vez.
Marcos observó durante un rato.
Después escribió:
Una paloma camina alrededor de otra, hincha el pecho, inclina la cabeza y
hace sonidos.
Y debajo apareció otra pregunta:
¿Estará intentando llamar su atención?
Marcos miró su libreta.
Por la mañana solo había querido saber cuántos animales conseguiría ver.
Ahora quería saber qué hacían.
Cómo se movían.
Qué ocurría antes y después.
Qué hacían los otros animales a su alrededor.
De pronto empezó a fijarse en cosas que antes le habían pasado
desapercibidas.
Orejas. Patas. Alas. Colas. Sonidos. Distancias. Movimientos.
Y también en algo todavía más curioso:
Los animales cambiaban lo que hacían dependiendo de lo que ocurría a su
alrededor.
Al terminar la excursión, la libreta de Marcos ya no era solamente una lista de
animales.
Estaba llena de observaciones.
Y de preguntas.
Cuando regresó a casa, su perro y su gato salieron a recibirlo.

Su perro corrió hacia él, moviendo todo el cuerpo de emoción.
El gato se acercó y comenzó a restregarse tranquilamente entre sus piernas.
Marcos sonrió.
Los dos parecían contentos de verlo.
Pero se lo estaban diciendo de maneras completamente diferentes.
¿Cómo no se había fijado antes?
Aquella tarde salió a pasear con su perro.
Al encontrarse con uno de sus amigos perrunos, su perro se acercó con el
cuerpo suelto y terminó agachando la parte delantera mientras mantenía la
parte trasera levantada.
Marcos lo observó.
Aquello le resultaba familiar.
—Quieres jugar.
Un rato después apareció otro perro.
Esta vez fue diferente.
Su perro no se acercó.
Se mantuvo a cierta distancia, atento, observándolo.
Marcos también se detuvo.
Esta vez no tiró de la correa para acercarlo.
Si su perro estaba diciendo que prefería mantener la distancia, quizá lo mejor
era escucharlo.
Y mientras continuaban caminando, Marcos empezó a comprender algo.
Los animales no solo hacían cosas.
También comunicaban.
Se comunicaban entre ellos.
Y también con él.
Miró a su perro y sonrió.
Aquella mañana había salido de casa pensando que observar animales
significaba encontrarlos.

Ahora sabía que encontrarlos era solamente el principio.
Quizá los animales llevaban todo aquel tiempo diciendo muchas cosas.
Y él acababa de aprender que podía empezar a escuchar.

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